En los siglos tercero y cuarto, algunos creyentes abandonaron las ciudades abarrotadas para buscar a Dios en los desiertos de Egipto, Palestina y Siria. Conocidos como Padres y Madres del Desierto, abrazaron la pobreza, el silencio y el trabajo para purificar su corazón.
Figuras como San Antonio el Grande, abba Macario y amma Sinclética se convirtieron en evangelios vivientes. Sus cuevas y ermitas fueron escuelas de arrepentimiento, donde los novicios aprendían la obediencia bajo la guía de ancianos experimentados.
Sus dichos, recogidos en los Apotegmas, parecen sencillos, pero penetran en el corazón: «Adquiere un espíritu de paz y miles a tu alrededor se salvarán», enseñaba San Serafín, haciéndose eco del espíritu del desierto siglos después.
Aunque vivamos lejos de las dunas y las cuevas, la tradición del desierto nos invita a cultivar el silencio interior, limitar las distracciones y aceptar la guía espiritual. El camino sigue abierto a cualquiera que esté dispuesto a arrepentirse.
Athon selecciona dichos diarios de los Padres del Desierto con breves reflexiones, acercando su sabiduría a los desplazamientos cotidianos, las aulas y los grupos de estudio parroquiales.