La Gran Cuaresma es la recta final del camino del catecúmeno. Las parroquias deben programar encuentros semanales con sus acompañantes para hablar de las dificultades del ayuno, la lucha espiritual y las necesidades prácticas. Conviene facilitar guías escritas sobre las oraciones de preparación de los catecúmenos y los oficios de exorcismo, para que los catecúmenos comprendan lo que escuchan.
Anima a participar más plenamente en la Liturgia de los Dones Presantificados y en el Acatisto a la Madre de Dios. Ofrece transporte o cuidado de niños para que ningún catecúmeno se pierda estos encuentros formativos. Después de los oficios, el clero puede responder a las preguntas teológicas que hayan suscitado los himnos.
La alimentación y la salud importan. Ayuda a los catecúmenos a preparar planes de ayuno realistas, especialmente si tienen problemas de salud o trabajos exigentes físicamente. Comparte recetas, listas de la compra y los planificadores de comidas de AthonApp, con platos sencillos y nutritivos que se van alternando.
La lucha espiritual suele intensificarse. Proporciona a los acompañantes orientaciones pastorales para sus conversaciones, recomienda salmos concretos e invita a los catecúmenos a enviar peticiones de oración anónimas. Organiza cadenas de oración parroquiales para sostenerlos durante las últimas semanas antes del bautismo o la crismación.
Incorpora obras de misericordia. Vincula a los catecúmenos con los grupos parroquiales para que vivan la limosna de forma concreta: colaborando en bancos de alimentos, escribiendo a personas que no pueden salir de casa o apoyando a mujeres con embarazos en situaciones difíciles.
Por último, celebra los avances. Organiza una comida a media mañana el Sábado de Lázaro, entrega a los catecúmenos iconos de sus santos patronos y ensaya el oficio del bautismo. La enseñanza, el culto y la comunidad hacen de la Gran Cuaresma un tiempo de profunda transformación.